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“La noche de Saavedra no es generosa en luces”: inquietante relato sobre la amistad en un momento límite

“Te hablo, te pregunto, nada: apenas movés la cabeza. La chica de las canchas pregunta si llama a la ambulancia. Sí, le decimos que sí, pero no sabemos qué carajo pasa”. La desesperación se apropia del lector en el relato “Nos hociquean los monstruos” del periodista Pablo Perantuono, en el que evoca la vez que debió asistir a un amigo que había sufrido un infarto mientras jugaban un partido de fútbol. El texto fue publicado en el sitio La Agenda, donde él es editor.

Nos hosiquean está basado en personas y hechos reales; ocurridos hace apenas unas semanas. Comienza en una canchita de Parque Chas, con el desplome del periodista Fernando Soriano, de 42 años. Pablo narra el desconcierto y el temor al verlo en semejante estado: “Hay algo fino que se le rompió, un patín que se soltó y lo dejó haciendo malabares en la viga maestra de la Obra”.

Por un momento se les cruza por la cabeza la idea de un “Don Infarto”: “¿Cómo corno vas a tener un infarto, si tenés 42, si hasta ayer estábamos tomando vino y trozando un costillar, si antes de la Pandemia hicimos pogo en el Malvinas con “Mas o menos bien”, si te queda un cielo para conquistar, un montón de viajes, de porros, de mundo?”.

La ambulancia que llaman no aparece, así que optan por trasladarlo al Cemic del barrio de Saavedra (Galván y Balbín). Desde el césped de la cancha hasta el auto del autor deben llevarlo en andas: “Es como cargar un castillo”. “Falta poco amiguito, ya llegamos, tranqui, todo va a salir bien. Alrededor, decenas de tipos batallan por su gloria deportiva semanal. No los vemos, pero en los tobillos nos hociquean los monstruos”.

“La noche de Saavedra no es generosa en luces. Pongo Cemic en el Waze pero estoy transpirado, y los dedos manchan el celular, a la pantalla le cuesta deslizarse. Salgo, sé que queda en Galván, pasé mil veces, estamos cerca. Hay un semáforo en rojo, acelero tocando bocina, un Bondi frena, sigo, no hay nadie”, describe sobre esa parte del barrio.

Luego, Soriano es admitido y llevado en camilla. El autor ingresa al Cemic, en pleno contexto pandémico: “Subo. Entro a la NASA, un ambiente diseñado por el escenógrafo de Star Wars. Me ponen un delantal, guantes, me sanitizan”. Allí habla con un médico y queda en evidencia que efectivamente su amigo sufrió un infarto.

Uno de los momentos más conmovedores del relato se da cuando el autor ingresa a la habitación donde fue alojado Soriano: “Entro. La cara es la de un hombre que atravesó el Océano Indico en palangana. Una palangana es, justamente, lo que tiene apoyado en su panza. Hay algo de alivio en su cara, también confusión y derrota. Lo abrazo con miedo. Me gustaría haberlo abrazado más. Lloro un poco, pero él no tiene que enterarse: el decorado se calla, tiene que estar fuerte. Me siento a un costado. “Infartado a los 42 años, ¿te das cuenta?”, me dice. Habla con dificultad, con el freno de mano puesto, las gomas bajas. No sé muy bien qué agregar. “Les cagué el fútbol, ¿no?” Sí, sos un desubicado. Cuchá amigo, le avisé a Churra, está viniendo. “A qué bueno, te lo iba a pedir. ¿Y Almen? ¿la llamaste?” No, no, quería hablar con vos. “Avisale, avísale vos, no puedo hablar mucho”. Nos quedamos callados, dos segundos. Un agujero negro de silencio y en el centro, la fuerza centrípeta de un inodoro que se traga la galaxia”.

“Lo tenemos que llevar, nos disculpás, interrumpe otro médico, con tonada provinciana, tal vez rosarina, más atento, más humano que el anterior. Nos explica lo que van a hacer, nos repite que en eso ellos son especialistas, que el proceso va a durar una hora más o menos, que lo espere afuera. Chau amigo, nos vemos later. Chau, cuídame las plantas, los quise. Te morís y te mato, forro. Mirá que tenemos que hacer el libro juntos, eh. Te quiero, yo también, ahí le aviso a Almendra. Dale. Lo llevan, llevan su cama. Me quedo parado, mirando. La risa apagada de una enfermera interrumpe ese estupor”, agrega el párrafo siguiente.

La última escena del relato vuelve al barrio de Saavedra: “La noche es cálida e inmóvil, un contraste atroz con la cabalgata de impresiones que se sucedió recién, en dos horas. Miro el celular, me quedé sin batería. De fondo se escucha el murmullo de la General Paz. Estoy para un whisky doble, me digo, pero es difícil que me lo sirvan con esta pinta”.

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